jueves, 17 de mayo de 2012

Crítica: Intocable de Olivier Nakache y Eric Toledano

And I’m feeling good


Si Disneyland es la cara amable del capitalismo, Intocable es el particular ‘Disneyland’ del cine europeo. Amable, conmovedora, en ocasiones artificiosa en exceso, la cacareada cinta dirigida al alimón por Olivier Nakache y Eric Toledano desdeña el lema que se lleva a gala en Europa de hacer un cine “fiel reflejo de la vida” y se acerca al eslogan de Hollywood, donde triunfa la idea de que el celuloide debe dedicarse a retratar “la vida como nos gustaría que fuese”. 


América 1 – Europa 0


SOBREVALORADA
Pero puestos a ser francos, esto es lo que clama un continente convulsionado por la eterna crisis financiera: humor del que, sin complicaciones, te deja la sonrisa puesta. A la mierda la crudeza de Von Trier y el desgarro de Haneke. La gente necesita que el sol brille, aunque sea a oscuras en una sala de cine, y así sucede durante las casi dos horas que dura el filme. Pero el fenómeno Intocable -ha llegado a convertirse en la película de habla no inglesa con más recaudación en toda la historia- supera la importancia que ha de darse a esta comedia dramática, más ufana que trágica, por supuesto. El adjetivo que se le ha colgado de ‘imprescindible’ desentona con el resultado auténtico de la película.


Un choque entre dos maneras de pensar, de entender y de vivir, tan amistoso y con una conclusión tan blanda que dudas de si, tan siquiera, se puede hablar de choque


NI AMELIE, NI WOODY ALLEN
Partiendo de la historia real de la relación entre un tetrapléjico aristócrata y su cuidador, venido del polo opuesto de la pirámide social, plantea un choque entre dos maneras de pensar, de entender y de vivir. Es cierto que el multimillonario y el plebeyo prototipo de las ciudades de rascacielos tienen un par de arremetidas, se fajan en unos breves escarceos. Hasta aquí llegan, a esto se reduce el combate, bastante inocuo en el desenlace. Es un choque amistoso, amortiguado por gags continuos con el inconfundible tono francés, fresco y refinado a partes iguales. Se podría vaticinar un choque más doloroso pero la conclusión es demasiado blanda, tanto que dudas de si, tan siquiera, se puede hablar de choque.

CERTERA EN SUS VALORES Y RENTABLE
Una lanza hay que romper a su favor: en ser lo que es, y en no querer ser nada más, descansa uno de los pilares de su grandeza ‘chica’. Se conforma con ser sensible, como las orejas del protagonista, suave como el descenso tendido en parapente en un día sin viento. Complaciente desde su planteamiento se aleja de filmes de temática, no de calado, similar como Mar adentro (Amenábar, 2004) o La escafandra y la mariposa (Schnabel, 2007) para quedarse en la superficie, que más adentro está oscuro y buscamos lo opuesto a las tinieblas. Amortizada en las salas como para hacer más de 30 películas de un presupuesto similar está salpicada de reflexiones poco profundas en temas de mucha hondura pero, por no entrar en esos conflictos, y morir en el intento, evita pecar de pretenciosa.


Un superávit de azúcar y almíbar puede dejarte un regusto demasiado empalagoso, pero en los tiempos de lo amargo tampoco viene mal


DULCE COMO UNA PIRULETA
Al salir del cine la voz ambigua de Nina Simone, incluida dentro de la notable banda sonora, sigue sonando. Feeling good, repite. La luz en la cara te obliga a ponerte unas gafas de sol. Sonríes al ver el arco iris. Un superávit de azúcar y almíbar puede dejarte un regusto demasiado empalagoso, pero en los tiempos de lo amargo tampoco viene mal. 


Texto: Juan P. Torres. 
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