martes, 3 de julio de 2012

Crítica: ¿Y si vivimos todos juntos? de Stéphane Robelin

¿Y si morimos todos juntos?

Hace ya algunos días pasaba ante mis ojos, sin pena ni gloria, la película de la hija de Costas Gavras Tres veces 20 años, que trata de la entrada en la tercera edad, el momento en que constatas que el maduro interesante se transforma en incipiente gagá, esa fase intermedia, antes de la muerte, en la que se consuma el hecho de que solo hay un fin, y está lejos de ser el fin final de Aristóteles. Como consuelo queda que, al menos, en la tercera edad puedes ir a cursillos de pintura, jugar con tus nietos y gozas de una relativa buena salud. El problema es que existe una fase siguiente, la cuarta edad, directamente la sala de espera hacia la muerte.

Esta etapa es el contexto en el que se desarrolla el segundo filme de Stéphane Robelin. Plantea una cuestión que si bien con el paso del tiempo se ha instalado en la sociedad no se acostumbra a llevar a la gran pantalla: "Los ancianos ya no viven con sus familias". Además de proclamar esta verdad como un templo, Robelin ofrece una alternativa a la pregunta que ellos mismos, los ancianos infravalorados por las generaciones que han pasado por encima de ellos, se hacen: ¿Qué haremos con el resto de nuestras vidas si nuestros hijos no nos ayudan, (y no vemos en las residencias de ancianos una salida)?


Acercamiento original de alcance popular para conocer las miserias de la cuarta edad


Los septuagenarios y legendarios actores: Guy Bedos, Geraldine Chaplin, Pierre Richard, Claude Ritch y Jane Fonda, la última en sumarse al plantel, son los encargados de representar esas escenas de lo que significa envejecer y ver que también puede ser bonito, y necesario, seguir viviendo aventuras maravillosas pese a que la parca esté al acecho. Lo más significativo es ver que este sobresaliente elenco, secundado por un Daniël Brulh como documentalista de su decaimiento, refleja a unos viejos que siguen riendo, discutiendo y follando, aunque estén camino de la tumba.

Son lo únicos que les queda, sólo se tienen a sí mismos


Cada uno carga en su mochila con los males propios del paso del tiempo y la vejez. El cáncer, el alzheimer y la soledad se vuelve contagiosos para el espectador que acaba compungido en su butaca. A sus  pertinentes mochilas hay que sumarles, no una mochila, sino un maletón que comparten, lleno de las dificultades propias de la vida en común, con el que igualmente tienen que apechugar. Y es que la otra gran pata sobre la que gira la película es la vida en común y sus quehaceres. Pero son lo único que les queda, solo se tienen a sí mismos, y disfrutan con ello. Sin embargo en esa profundidad trágica también aflora una pátina de comedia fresca, francesa, misteriosa y sutil que te hace disfrutar. Si bien no consigue una sonrisa perenne, el humor es la técnica de evasión de estos viejos para distraer, que no eludir, la muerte.

Se han visto arrollados por otras maneras de ver el mundo, en las que el individuo está por encima de la comunidad, la familia y el abuelo


Con perspectiva, es curioso que sean los jóvenes hippies del 68, que proclamaban el comunitarismo (dejando a un lado si libertario o colectivo) y la revolución sexual, los que se han visto arrollados por otras maneras de entender el mundo, en las que el individuo está por encima de la comunidad, la familia y el abuelo. Donde el abuelo se las tiene que apañar porque la solidaridad y el ser agradecido, "niet, niet". Aunque si algo queda claro es que el deseo nos guía mientras estamos vivos.



Texto: Juan P. Torres.
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